Al abrir su longeva corteza e ir pasando uno tras otro hacia el interior un ronco crujido estremecía hasta las raices, haciendo un ruido ensordecedor para los sensibles oidos de nuestra manada, no tanto para el Sr. Vig, quien miraba asombrado el poco usual espectáculo que se mostraba ante sus ojos. El tronco, por dentro, se asemejaba a una gruta con sus estalactitas y estalagmitas, el suelo era fangoso, casi cienagoso, debía andar con cuidado para no quedarse atrapado entre restos de raices y fango mezclados que el devenir de los años había formado bajo las entrañas del milenario árbol. Aquela encabezaba la formación, que se disponía a bajar hacia la profunda oscuridad que ante sus ojos se mostraba, cuando de repente la estrella del norte comenzó a brillar intensamente. - ¡Asombroso! exclamó extrañado el Sr. Vig. Pensó que el colgante de su ayudante le sería muy útil en tan inhóspito lugar. Alumbraba tan intensamente que se podía apreciar las rugosidades, cada vez más abruptas, en el interior del baobab, así como evitar tropezar y caer al suelo con el más que probable resultado de alguna extremidad rota, quedando así inutilizado para llevar a cabo la misión. Pero nada más lejos de la realidad, el colgante no estaba haciendo las funciones de un candil o antorcha, aunque se antojara así, para alumbrarles el camino a nuestros aventureros amigos hacia la tan deseada sabia de aquel tronco, sino más bien estaba alertando al grupo que algún peligro les acechaba, algo que inminentemente sucedería. Y es que en la entrada del árbol, una enorme silueta cegó la ya casi imperceptible luz que les iluminaba, era un gigante, todos se giraron al instante, pero el anciano de madera, en un intento de bloquear al intruso, golpeóle con una de sus ramas más bajas, a lo que el impresonante brazo del gigante respondió agarrándolo fuertemente hasta arrancar de cuajo la misma. Aquela avanzó decidido hacia el intruso a sabiendas que la sola visión de su figura haría retroceder de inmediato al gigante, pero no fue así. Al bloquear la luz que penetraba en la gruta del tronco, el gigante no podía ver nada dentro, así que avanzó hacia nuestros amigos adentrándose peligrosamente.
miércoles, 12 de diciembre de 2007
Asalto nº 23 - El Gigante
Publicado por
chema royo
en
0:31
0
comentarios
sábado, 1 de diciembre de 2007
Asalto nº 22: El reto de la manada
El baobab le decía a Aquela que les proporcionara agua a todos. Tendría que entrar en el mismísimo tronco del árbol, pero esto no sería gratuito. A cambio le proporcionarían seguridad a los árboles, en aquel bosque eso era imprescindible. Los baobabs eran asaltados por unos gigantes que consumían éstos árboles como leña para sus hogares. Pero tenían a su vez una extraña repulsión hacia los lobos, era algo fuera de lo normal. Cuando veían uno de estos animales, se quedaban absortos y no tenían más remedio que huir, les producía una dolorosa ceguera que les dañaba y les penetraba casi hasta el cerebro. Por tanto, tendrían que pagar la humilde pero tan necesitada razón de agua con dos de sus fieles compañeros.
En el interior del baobab podrían además degustar el sabroso elixir de sus raíces que, además de tener muchos valores energéticos, les ayudaría a continuar con su marcha. No tenían otra opción, por tanto, no tuvieron más remedio que acceder a ello. La cuestión era decidir qué lobos de la manada estaban dispuestos a sacrificarse permaneciendo en aquel bosque perdido sin saber cuando regresarían sus compañeros. Aquela debería acompañar al vigilante, era su protector. Así que se reunió con la manada dejando desconcertado al señor Vig.
Finalmente escogieron a los lobos mas adultos de la manada, ya que los jóvenes tenían más fuerzas para poder seguir caminando y defender a nuestros protagonistas. Permanecerían junto al baobab Platén y Bala, los demás continuarían con su destino, pero antes, el baobab les abrió sus entrañas por las que todos penetraron.
Publicado por
PUZZLE
en
2:54
0
comentarios